Pequeños dioses que vengan a su madre

Comunidad: Bellavista
Etnia: Tuyuca
Relatado por: Estanislao Valle

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En un principio, la mujer de Wai Yoro (dios de los días o del tiempo) estaba embarazada aunque él ya estaba muy aburrido de ella. Un día, cuando la mujer salió a caminar, los tigres se la comieron. Como estaba embarazada, los tigres devoraron todo su cuerpo menos las tripas, incluyendo el feto y el saco amniótico. Luego, lanzaron la bolsa al aire y esta quedó colgada en la rama de un árbol. Llegaron al lugar unas avispas grandes, que comen todo lo crudo que encuentran. Y una avispa enorme comenzó a morder poco a poco la bolsa, hasta que esta cayó al agua. Dentro del saco amniótico había dos niños: los hijos del dios Wai Yoro. Los niños fueron creciendo dentro del agua. El abuelo, triste, pensaba en sus nietos. Un día, ellos comenzaron a jugar con la arena del puerto de la casa. En los puertos suelen aparecer mariposas de muchos colores; esas mariposas eran en realidad dibujos que los niños hacían en la arena y luego soltaban para que volaran vivas. Cuando la gente salía a verlos, los niños se lanzaban al agua y desaparecían.

El abuelo pensó que debía atraparlos para criarlos como correspondía. Intentó cogerlos con varios pisás, pero los niños siempre escapaban. Lo intentó muchas veces, hasta que finalmente lo logró. Eran niños muy pequeños que siempre reían diciendo “jajá, jajá, jajá”. El abuelo les dio comida y agua, los protegió de enfermedades y los crió desde entonces. La encargada de cuidarlos fue la abuela, que ya no tenía hijos ni a nadie a su cargo. Con el tiempo, los niños fueron creciendo, pero eran muy rebeldes y traviesos. Molestaban mucho, eran inquietos y no obedecían a nadie. Un día, la abuela barbasqueó pescado y lo cocinó aparte para ellos. También les daba huevos de avispas, pero los niños los soltaban porque creían que eran gusanos. Querían ir a la chagra con la abuela, pero ella se negaba, diciéndoles que eran muy pequeños y que tal vez el diablo o los tigres se los comerían. Un día, a medida que fueron creciendo, pensaron: “¿Será que fueron los tigres los que mataron a nuestra mamá?”. Tal vez ya lo sabían, porque eran mini dioses.

Un día estaban viendo al abuelo hacer un balay, pero ellos le escondían la fibra de yaré. Así, el abuelo se equivocaba de material y de diseño. Los niños le decían al abuelo que no sabía, y luego, en un momento, lo arreglaban. Después, fabricaron arco y flecha y comenzaron a cazar pajaritos. El abuelo, para espiarlos, se convirtió en un pájaro y los siguió. Los niños, al verlo, lo cazaron de un flechazo directo en el testículo. Eran muy buenos cazadores. Al llegar a casa, el abuelo dijo que había pisado un tronco y que le dolía mucho. Los niños le ofrecieron revisarlo, pero él se negó por pena. Como ellos, en realidad, ya sabían qué le había ocurrido realmente, lo rezaron para quitarle el dolor. El abuelo quería probar sus habilidades de cazadores, poniéndoles pruebas. Un día, el abuelo fue a llevar balay, cernidores y matafríos como dabucurí para su suegro. Les dijo a los niños que no podían ir porque quizá un tigre o un diablo los comería. Entonces, ellos pensaron: “¿Será que el suegro de nuestro abuelo es el tigre que mató a mamá?”.

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