La tortuga y la danta

Comunidad: Espuma
Etnia: Bara
Relatado por: José Mario Acevedo

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Antiguamente, cuando las familias vivían reunidas en una gran maloca, había una mujer viuda conocida por su amor a los animales. Un día, mientras se dirigía a la chagra, encontró una tortuguita diminuta y redonda. La tomó en sus manos y dijo: —La voy a criar. Con paciencia, la alimentó todos los días. Sabía que las tortugas crecen despacio, pero su dedicación hizo que, con el paso de los años, la tortuga se hiciera fuerte y muy redonda. En una época de umarí, fruto silvestre de la selva, la mujer pasaba por sus días de reposo, pues en la tradición ancestral las mujeres, durante la menstruación, no podían trabajar ni salir de la casa. Un día el hambre fue más fuerte y le dijo a sus hijos: —No tenemos nada para comer. Vamos al árbol de umarí, que allí caen muchas pepas.

En el camino, cruzando un caño, vieron a una danta que parecía estar barbasqueando pescado, pero en realidad estaba haciendo sus necesidades. Cuando llegaron al árbol, notaron que muchas de las pepas ya se las había comido la danta. Con hambre, la mujer exclamó: —Qué rico sería comer de esta danta y saborear su corazón. La danta, que en realidad era un jorimaja (ser espiritual con poder de llevarse almas a otro mundo), escuchó sus palabras. Sin pensarlo, aprovechó que la mujer estaba en sus días y se la llevó, junto con su pequeña hija, a otra dimensión. La familia la buscó sin éxito, pero ella nunca regresó. La tortuga, al notar que su dueña no le daba de comer en el horario acostumbrado, comenzó a preocuparse. Caminó hacia la chagra, buscó en los lugares donde ella barbasqueaba, y donde ella recogía ibacaba y pataba, pero no la encontró. Escuchó murmullos de la gente diciendo que la viuda había ido por umarí y había desaparecido.

Guiada por su instinto, llegó al árbol de umarí y vio las pepas masticadas. Supo entonces que la danta se la había llevado. Observó las huellas y notó que, al pasar por un gran árbol, los testículos enormes de la danta rozaban el tronco. La tortuga esperó allí mismo, escondida y paciente durante horas, a que la danta regresara. Cuando el animal volvió para seguir comiendo umarí, la tortuga se lanzó y se aferró con fuerza a sus testículos, mordiéndolos con toda su potencia. La danta gritó de dolor, corrió desesperada chocando contra los gruesos troncos de wansoco, las raíces retorcidas de cunurí y los palos firmes de avina, intentando zafarse. Pero la tortuga no la soltó. —¿Por qué me haces esto? —suplicó la danta. —No te soltaré hasta que pagues por llevarte a mi dueña —respondió la tortuga. Tras mucho forcejeo, la danta cayó muerta. La tortuga, exhausta, emprendió el lento regreso a la maloca. Al entrar, comenzó a rasgar con sus uñas el hacha, el machete, el canasto, los trípodes del fogón y el mismo fogón. Nadie entendía qué intentaba decir. Algunos jóvenes, intrigados, siguieron sus gestos. La tortuga caminó hacia la puerta, se volteó para asegurarse de que la acompañaban y continuó su ruta. Los muchachos cargaron hachas y canastos, siguiéndola despacio. Vieron en el camino árboles pelados, marcas de la lucha donde la danta se había revolcado entre los palos de wansoco, cunurí y avina, hasta que al final encontraron al enorme animal muerto. Aunque la mujer ya estaba en el mundo espiritual y no podía volver, la tortuga había cumplido su misión: vengó a su dueña y trajo alimento a la comunidad. Cortaron la danta en pedazos, regresaron a la maloca y compartieron la carne. También la tortuga comió. Desde entonces existe un dicho ancestral: “Cría una tortuga, porque un día te puede traer la carne de una danta”.

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