
La tortuga, el jaguar y el diablo
Comunidad: Espuma
Etnia: Bará
Relatado por: José Mario Acevedo
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Había una vez una tortuga que caminaba por el monte buscando algo para comer. Como no encontraba nada, se alimentaba de unos hongos llamados watí come (hígado del diablo). Un día, mientras caminaba, encontró unos pedazos de pepa de inayá. Al levantar la mirada, vio varios micos churucos posados en los árboles comiendo aquellas pepas. La tortuga comía solo los restos que caían al suelo, y los churucos, al verla, sintieron compasión. Le dijeron: —Tortuga, suba, aquí arriba está lo bueno. La tortuga aceptó, pero no podía trepar. Entonces, uno de los churucos bajó, la cargó y la subió al árbol. Así, la tortuga pudo comer inayá directamente de las ramas. Sin embargo, un tigre hambriento esperaba pacientemente a la tortuga, pues era su comida preferida. Los churucos intentaron lanzarla desde arriba para ayudarla, pero ella no sabía como bajar. Al asomarse, vio al tigre esperándola. —Baja rápido —dijo el tigre—, quiero comerte. —Espérame ahí —contestó la tortuga—, si me lanzo, debes recibirme bien. —Listo —respondió el tigre.
La tortuga entonces se preparó, acomodó su cola dura y protegida por el caparazón, se lanzó con fuerza. Cayó justo en la cabeza del tigre, sonando un gran “¡pooojo!” que dejó al tigre muerto en el acto. Orgullosa, la tortuga exclamó: —¡Así se hace con quien quiere comérselo a uno y no vale nada! Pensando qué hacer con el cuerpo del tigre, se encontró con su primo el armadillo y le pidió ayuda. —Primo, me quieren comer, ayúdame a escapar o a encontrar un escondite. —Listo —dijo el armadillo, y cavó un túnel bajo la tierra, junto a una piedra, que atravesaba el lugar donde yacía el tigre. Gracias a ese túnel, la tortuga pudo salir al otro lado y escapar. El cadáver del tigre se fue pudriendo hasta quedar solo huesos y la tortuga sobrevivió comiendo su carne. Por eso, dicen los sabedores, existen tortugas de diferentes colores: algunas rojas y otras amarillas, por haberse alimentado del tigre. Con uno de los huesos grandes del tigre, la tortuga fabricó una flauta. Salió del túnel y comenzó a tocarla burlándose del tigre, con una melodía que sonaba así: —Yai oa, jui, jui… yai oa, jui, jui…
Pero la música llegó a oídos de otro tigre, el mejor amigo del que había muerto. Al escucharla, juró vengar a su compañero. —Voy a matar a esa tortuga… Vino sigilosamente, pero la tortuga, al ver al tigre, se lanzó al hoyo de escape que le había hecho su primo armadillo. El tigre, ansioso, esperaba en la entrada del hueco; la tortuga entró, pero salió tranquilamente por el otro lado y siguió buscando comida. El tigre esperó varias horas para atraparla, pero como nunca salió, se aburrió y se fue. Entonces la tortuga salió y volvió a tocar la flauta burlándose. El tigre seguía esperando vengar la muerte de su amigo. De tanto esperar, se fue quedando flaco, muriéndose de hambre, y la tortuga se dio cuenta de ello. De nuevo tocó la flauta, burlándose, y el tigre enfurecido salió sigilosamente y alcanzó a sujetar a la tortuga por las patas con sus garras rasposas. La tortuga, con una risa burlona, dijo: —Ju, ju, ju… usted cree que agarró mi pata, pero en realidad cogió una raíz. El tigre, dudando, aflojó un poco para comprobarlo y la tortuga aprovechó para escapar. Salió por el otro lado del hoyo, siguió comiendo, mientras el tigre continuaba esperando largas horas, aguantando hambre del otro lado. En una de esas salidas a buscar comida, la tortuga se encontró con un diablo. Este le dijo: —Usted es la famosa de la que hablan en la manigua… dicen que es imposible matarla y que anda jugando con el tigre. —Sí, soy yo mismo —respondió la tortuga. El diablo la agarró, la puso al hombro y se la llevó. La colocó sobre una piedra redonda con la intención de reventarla, con caparazón y todo. La lanzó varias veces, pero la tortuga salía volando y se reía: —¡Ja, ja, ja! —burlándose del diablo. El diablo revisaba el caparazón y decía: —Ya casi se revienta… Pero solo eran las marcas del caparazón que lo hacían parecer agrietado. Cansado, el diablo pensó en enterrarla. Con fuerza la hundió en el barro, pisando duro. Entonces la tortuga le dijo: —Pero entiérrame con la cabeza abajo y la cola arriba. El diablo le hizo caso, la enterró así, pero la tortuga seguía viva. —Usted no sirve… no muere —dijo el diablo. En ese momento, le pidió ayuda a otro diablo. Como ahora eran dos diablos, ambos la llevaron hasta un tronco y unas raíces de avina para lanzarla y reventarla. “¡Tuuuukuuu!” Tres veces la tiraron, pero no pudieron romperla. —Ya casi se revienta —decían. En el cuarto intento, la lanzaron con fuerza, la tortuga pegó contra el tronco y rebotó directo hacia uno de los diablos, reventándole la cabeza. Solo quedaba el segundo diablo, que encontró nuevamente a la tortuga. —Te voy a botar al río grande y te mandaré al fondo para matarte —dijo el diablo. Bajaron al río, tomó un bejuco especial, lo amarró en la mitad del caparazón y lo lanzó al fondo del agua: “¡Tapuaaa!” El diablo tiraba del bejuco para ver si seguía viva. La sacaba del agua y la tortuga respondía: —Aquí sigo, todavía estoy viva. El diablo, sin saber qué hacer, escuchó la propuesta de la tortuga: —Ahora es tu turno para probar tu propia resistencia. Cerca había una palma de mirití. La tortuga pidió a su primo carpintero que hiciera cinco huecos en la palma. Tapó los huecos con algo blandito y le propuso al diablo una competencia: —Se trata de reventar y hacer huecos en la palma con los dedos de la mano. El diablo aceptó. —¿Quién empieza? —preguntó. —Comience usted —dijo la tortuga. El diablo intentó con un dedo, luego con otro y otro más… terminó con todos los dedos rotos. —Ahora es mi turno —dijo la tortuga. Con facilidad, reventó los huecos hechos por su primo, como si la palma no fuera dura. Enojado, el diablo volvió a amarrar a la tortuga con el bejuco y la lanzó nuevamente a lo profundo del río. Bajo el agua, la tortuga se encontró con un bagre y lo contrató para ayudar a halar al diablo con el bejuco. Cuando tiraron, el diablo alcanzó a resistir hasta que el agua le llegó a las rodillas. La tortuga volvió a la superficie, y el diablo la lanzó de nuevo al fondo. Esta vez, con la fuerza combinada de la tortuga y el bagre, lograron hacer que el agua subiera hasta el estómago del diablo, hasta matarlo.






