La chagra: el mito de Yawira y Yebá

Comunidad: Espuma
Etnia: Tuyuka
Relatado por: Herminia Gutiérrez

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En el principio, después de crear y organizar la tierra, Numikumu, la semidiosa de las mujeres, dio origen a los seres que poblarían el mundo. Entre ellos estaba Yawira, una de las primeras mujeres y también semidiosa, considerada la abuela de todos. Yawira tenía dos hermanas mayores, que eran anacondas, guardianas del agua y del conocimiento profundo de la creación. Un día, Yebá fue a recoger ucuquí de agua y aprovechó para atrapar a las mujeres hijas del güío, quienes comían las pepas antes que él. Como trampa, usó bejucos que se enredaban en el cabello largo de las mujeres y no se soltaban. Yawira, que tenía el cabello largo, quedó atrapada. Yebá la tomó como esposa y se la llevó a su casa. Sin embargo, Yawira no se sentía cómoda con él, pues no era de su misma naturaleza. Un día tuvo hambre y quiso comer frutas: plátanos y bananos. Yebá la llevó a la chagra y le mostró el plátano silvestre de Yebá (Yebá ho), pero ella le respondió que no comía de eso, porque era dueña de las frutas y en casa de su padre había muchas variedades. Entonces pidió comer pupuña o chontaduro, y Yebá la llevó a probar el chontaduro de monte, bueno pero silvestre. Yawira volvió a decirle que no comía de eso, que tenía frutas más sabrosas donde su padre, e invitó a Yebá a acompañarla a sacarlas. Bajaron al puerto donde había una laguna. Yawira le dijo que entraría primero al agua. Abrió una puerta en la profundidad y se sumergió para ir a buscar las frutas donde su padre. Antes, los animales eran humanos.

Yebá, como era humano, sintió miedo de entrar porque no sabía qué había dentro. Por curiosidad, una ardilla se sumergió en el agua para ver hacia dónde había ido Yawira, pero no aguantó la presión; sintió que los ojos se le salían y, asustada, subió a la superficie. Por eso, la ardilla tiene los ojos grandes, redondos y rojos. Yawira volvió al poco tiempo, trayendo en un balay muchas frutas: piña, ñame, plátano, pupuña, mirití, umarí y todos los cultivos que hoy existen en la tierra, incluyendo el cazabe. Cuando su padre, una gran anaconda llamada Okó Finó, le preguntó para quién eran esas frutas, ella le respondió que para su marido, que tenía en la tierra. El padre, entonces, le propuso que, a cambio de las frutas, Yebá debía enviar carne de caza, pues quería probar carne de todos los tipos. Tiempo después, Yawira le propuso a Yebá visitar a sus suegros. Él preparó el mambe, polvo verde que fortalece el pensamiento y la palabra, para ofrecerlo al padre. Yebá, aunque temeroso, aceptó y cazó muchos animales para llevarle carne. Yawira le aconsejó tratar con respeto al suegro, pues era un ser poderoso y de mal carácter. También le explicó cómo debía comportarse: al llegar debía saludarlo, decirle “suegro, vine a visitarlo”, entregarle la carne, sentarse en la banca y observar.

Ambos se dirigieron a la laguna que actualmente se conoce como la laguna de Leche, ubicada en Manaos, Brasil, donde vivía el padre de Yawira. Allí emergieron del agua. De una esquina salió una enorme anaconda para recibir al yerno. Yebá, dominado por el miedo, olvidó lo que debía decir y solo alcanzó a pronunciar: “¡Hola, suegro, vine a visitarte porque soy el esposo!”, antes de salir corriendo y quedarse en una esquina de la maloca. Yawira, enojada, le recordó lo que debía hacer y le dijo que no temiera, que así eran los abuelos antiguos. Después de un rato, los familiares de Yawira comenzaron a preparar un dabucurí con frutas silvestres: umarí negro, verde y rojo. Las coronas que usaban estaban decoradas con plumas: las verdes del loro representaban el umarí verde; las negras, el umarí negro; y las rojas de guacamaya, el umarí rojo. Yawira pidió a su amiga la paloma que fuera por un palo para recoger umarí en un balay. La paloma visitó a los cuñados de Yebá, quienes tenían las frutas, pero por pena no recogió nada; en cambio, comió tanto que volvió con el balay vacío y el estómago lleno. Cuando Yawira le preguntó qué había pasado, Yebá respondió que la paloma solo estuvo de paso mirando y no recogió nada. Entonces, Yawira enseñó a Yebá cómo se cultivan y se producen los alimentos. Le explicó que, para no pasar hambre, primero hay que tumbar el monte, sembrar la yuca y luego cosechar. Así, Yebá preparó la chagra y Yawira alistó las semillas. Pronto llegaron las hermanas de Yawira, las anacondas, para ayudar a sembrar. Ella trajo cuatro clases de yuca brava, las originales del principio: Wecó mona dukugu, Wafewaria dukugu, Ho fu dukugu y Fati dukugu. Estas yucas eran las uñas de Yawira y fueron las primeras que sembró en la chagra terrenal. Mientras trabajaban, las hermanas le preguntaron con curiosidad: “¿Cómo es el pene de Yebá?” Yawira, avergonzada, no supo qué responder. Les contó que Yebá antes lo tenía igual al de un perro, pero que ella lo movió un poco y así cambió la posición. Las hermanas se rieron a carcajadas y Yawira les dijo: “Yo se lo arreglé, aunque no sabía cómo hacerlo.” Yebá, intrigado por las risas, se asomó a mirar lo que pasaba. Dicen los abuelos que, si Yebá no hubiera mirado, la yuca crecería en una sola noche. Pero como lo hizo, las mujeres se retiraron y solo Yawira quedó de pie. Por eso, la yuca hoy no crece toda junta, sino por montoncitos, según cuentan los abuelos de la chagra. En aquellos tiempos, nuestros ancestros eran muy sabios: sabían curar con agua, sanar enfermedades y hasta revivir a quienes estaban a punto de morir. Así era mi abuelo materno, quien me contó todas estas historias.

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