
El viaje de Saba Sabari
Comunidad: Bellavista
Etnia: Tuyuka
Relatado por: Domingo Resende Lara
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Eran dos hermanos. Ellos fueron los que comenzaron con el ritual del Yuruparí, que consistía en hacer pasar a los muchachos de niños a hombres, adultos capaces de afrontar el mundo. Antes, los abuelos realizaban varias actividades diarias, cómo fabricar coronas con plumajes para las danzas y rodilleras; hacían todas las labores propias de un hombre. Sin embargo, les hacía falta algo importante: el hueso de danta para hacer una cuchara, es decir, una cuchara para comer mambe. Para matar a la danta crearon un hoyo o hueco profundo como trampa, pero se pasaron de profundidad y llegaron a la dimensión de abajo. Uno de los hermanos, Saba Sabari, cayó al otro mundo. Debajo de nosotros hay un río denominado río Umarí, y el hermano cayó en ese río. Este es el hueco que se ve en el cielo antes del verano, según dicen los abuelos. Saba Sabari cayó en ese río y allí había todo tipo de animales: nutrias, patos silvestres, yacarés... El hermano se encontraba encima de un palo de guama, en la orilla de ese río grande, y todos los llamaba primos pidiendo auxilio. Pasaba un animal y él decía:
—Primo, lléveme o écheme en la canoa, que también quiero ir. Los animales le respondían: —Nosotros no somos tus primos —. Y pasaban de largo. En eso vino Dia Kuma, el pato salvaje, quien se apiadó de él y lo llevó, pero le puso una condición: no podía tirarse pedos, pues como los humanos se tiran muchos pedos podría voltear la canoa. El humano se tiró un pedo silencioso, disimuladamente, para que Dia Kuma no se diera cuenta. Pero apenas lo hizo, la canoa se volteó haciendo “¡Kabua!”. Como esa canoa era el mismo pato silvestre, este se zambulló y salió en otro lugar, dejando tirado a Saba Sabari. Saba Sabari volvió a subir encima de los palos de guama al lado del río. Pasaron muchos animales y él a todos les pedía ayuda para que lo transportaran en su canoa. Hasta que pasó un cocodrilo que lo llevó, pero con malas intenciones: quería comérselo. Como Saba Sabari era un semidiós, conocía las intenciones del cocodrilo. Antes de montarse, sacó una rama de guama y se subió encima. Cuando el cocodrilo estaba a mitad del río, Saba Sabari le dijo que fuera más hacia el centro. En ese momento el cocodrilo intentó comérselo, pero Saba Sabari saltó y volvió a quedar sobre los palos de guama.
Todos los animales iban en manada a donde la abuela, a llevarle comida a un lugar llamado Camoawi. Así son los animales: suben en manadas desde abajo. Saba Sabari seguía intentando convencer a los animales: —Primos, llévenme. Y ellos respondían: —Nosotros no somos tus primos. Entonces vino el Sol con una lancha grande. Le dijo al Sol: —Primo, lléveme. Y el Sol respondió: —Vamos. Lo montó en la lancha, que sonaba tututu, hasta llegar al varador o puerto de llegada. Al llegar, dijeron: —Vamos a inhalar yopo. Como ellos eran sabedores, querían hacer guerra entre sí para saber cuánto sabía cada uno. Comenzó el Sol; iban a quemarse entre ellos. Saba Sabari cogió el yopo y sopló: pusuaaa wuuu. Como era sabedor, se quedó al costado del barco para no quemarse con el Sol. Entonces el Sol le preguntó: —Primo, ¿no se quemó? Él respondió: —Tranquilo, no me he quemado. Luego el Sol dijo: —Ahora es mi turno. Sacó el yopo, sopló pusua wuuu y quemó a Saba Sabari, dejándolo muy quemado. Después de eso se bañaron, y de ahí se originó el bejuco para vomitar llamado soboda. Estaban limpiando y bañándose con ese bejuco las partes del cuerpo que se habían quemado. Mientras el humano se tiró al río a bañarse, el Sol subió al cielo y se quedó arriba. Por eso, a veces, el sol amanece con un resplandor picante o un calor insoportable. De la basura o restos del bejuco nacieron los gusanos pollo, de color amarillo, rojo y verde. Saba Sabari no sabía para dónde ir. Entonces escuchó en el rastrojo: caruru caruru, como si estuvieran pilando coca. Era la chucha o zarigüeya. Al lado había un sapo, debajo de un palo podrido, que sonaba tuururu tururu: era la sapa, contestadora durante el baile tradicional. Saba Sabari caminó y encontró un camino, donde se topó con una danta que estaba comiendo hojas de guarumo: el mismo animal que, al principio, él quería matar para hacer la cuchara de mambe. Como ya llevaba mucho tiempo en esa dimensión, Saba Sabari mordió a la danta y la dejó privada unos minutos. Luego, con un poco de mambe que tenía en la boca, la revivió. Discutieron y gritaron, pero luego dialogaron sobre porqué Saba Sabari estaba por esos lados. Entendieron que no había necesidad de buscar peleas, sino de dialogar para ponerse de acuerdo y obtener lo que querían. Caminaron juntos, y la danta le dijo: —Vamos a hacer carayurú. Una vez, antes de que llegara el aguacero del verano, en una época en que volaban manivaras, Saba Sabari fue a hacer sus necesidades y se encontró con un camaleón. Lo agarró y lo escondió para llevárselo a casa. Llegó antes que la danta; ya estaba atardeciendo. El camaleón era el danzador de la maloca donde vivían todos los animales, pero no danzaba. Saba Sabari se dio cuenta y lo sacó del escondite. El camaleón tenía el cuello torcido; era el compañero de danza de la danta. Mientras tanto, la mujer de la danta estaba acostada en la hamaca y se tiraba muchos pedos fuertes, que aquí, en la Tierra, eran tormentas y rayos cayendo, lo que hoy se llama la lluvia de las manivaras, que ocurre antes de que las hormigas empiecen a salir volando de sus colonias. Saba Sabari, que era muy cansón, fue a molestar a la señora o a acostarse con ella. Ella se levantó asustada y descubrió que era el humano quien la molestaba. Casi lo matan. Todos los animales eran los guardias o militares de la danta, y por eso inmediatamente llegaron a atacar al humano. En esa maloca vivían todos los animales. Antes del humano, esas cosas nunca habían pasado. Para no ser capturado, Saba Sabari se escondió entre los animales con la ayuda de algunos amigos. Pero no aguantó las ganas de orinar y salió a hacerlo por la puerta trasera de la maloca. En realidad, salió al planeta Tierra, donde estaban sus hijos y su señora. Las trampas que había eran de sus hijos, el hormiguero de los hijos de Saba Sabari. Pasó por encima de las trampas para agarrar manivaras. Se dice que solo hay una puerta para que salgan las manivaras, igual que nosotros los humanos: una sola puerta de salida. Luego, los hijos de Saba Sabari salieron a revisar las trampas para coger manivaras y encontraron las huellas o los pies del papá. Siguieron las huellas y lo encontraron, estaba parado a un lado, escondido. Entre todos cogieron hormigas. Luego ellos regresaron a casa y comieron manivara con su madre. Sin embargo, a los niños los habían mordido muchas hormigas manivaras, y lloraban de dolor. Por llorar, la madre los persiguió para pegarles, sin saber que los niños habían encontrado al papá. Salió corriendo detrás de ellos y en la entrada se topó con se marido. A ese punto ella ya estaba embarazada, por lo que lo saludó tapándose el vientre con un soplador. Luego fueron a visitar a su hermano. Cuando se encontraron hablaron sobre barbasquear pescado. El lugar donde lo hicieron debe estar en el Pirá; hoy en día es un lugar sagrado. Entonces llegaron, taparon ese lugar y barbasquearon: murió mucho pescado. Saba Sabari les dijo que agarraran los primeros pescados y los cocinaran para la comida, como es la costumbre cuando se barbasquea en comunidad, pero ellos estaban muy concentrados recogiendo y recogiendo pescados, y no le hicieron caso. Él se enojó, comió yopo y sopló fuerte, sacando los peces hacia afuera. Las personas salieron detrás de ellos y se fueron quemando o desapareciendo. Prácticamente, Saba Sabari los quemó vivos a todos, que salieron volando y cantando: “¡Hasuaku, Hasuaku!”. Entonces, son los hijos de Saba Sabari los que cantan antes de la época de verano.






